Con la oscilación de los precios de la energía y los extremos climáticos que vivimos cada año en las comarcas gerundenses —inviernos húmedos y fríos que se necesitan en los huesos y veranos asfixiantes— donde reto económico. A menudo pensamos que el problema está en una caldera antigua o en un aparato de aire acondicionado poco eficiente, pero la realidad suele ser otra: el verdadero agujero negro energético del hogar son las ventanas.
En este artículo te explicamos cuánto puedes llegar a reducir tus facturas energéticas cambiando los cierres y por qué ésta es la mejor inversión que puedes hacer para tu hogar.
Según varios estudios de eficiencia energética residencial, climatizar una casa se pierde directamente a través de ventanas y puertas mal aisladas..
Estas pérdidas se deben a dos factores principales:
La transmitancia térmica: La capacidad que tiene el material del marco y del cristal de dejar.
La permeabilidad al aire: Las microinfiltraciones que se producen por juntas, vacías que permiten que el aire exterior penetre sin freno.
Cuando tus ventanas tienen cristales simples o marcos metálicos antiguos sin rotura de puente térmico, funcionan como un radiador a la inversa: en invierno enfrían tu invierno tu sistema de climatización a trabajar el doble de horas.
La pregunta clave: ¿cuánto dinero supone realmente cambiar los cierres?
Al sustituir unas ventanas antiguas por modelos modernos de de aluminio con rotura de puente térmico (RPT), combinados con cristales de doble o triple capa con tratamiento bajo emisivo y control solar, el ahorro energético en la factura mensual oscila habitualmente entre el 20% y el 35%.
Veamos qué significa esto en la práctica:
En invierno: El calor de la calefacción se queda retenido en el interior. El espacio se calienta mucho más rápidamente y mantiene la temperatura durante horas una vez apagado el sistema, reduciendo drásticamente el consumo de gas, biomasa o electricidad.
En verano: Los cristales con control solar bloquean la radiación infrarroja. La necesidad de arrancar el aire acondicionado se reduce notablemente, y los espacios se mantienen frescos de forma natural.
Además del ahorro inmediato a final de mes, aumenta de forma automática la calificación energética del inmueble, revalorizando su precio de mercado y reduciendo su huella ecológica.
El ahorro económico es evidente, pero existe un beneficio que se percibe desde el primer minuto: el bienestar. Decir adiós a la desagradable sensación de «paret fría» cuando se sientan junto al balcón, eliminar la condensación matinal en los cristales y olvidarse del silbato del viento durante las jornadas de tramontana no tiene precio. Además, un buen cierre hermético actúa como una barrera acústica excelente contra el tráfico y el ruido urbano.
Cambiar las ventanas es una inversión que dura décadas, y la calidad del producto debe ir siempre ligada a una instalación impecable. Una excelente ventana mal colocada perderá gran parte de sus propiedades aislantes.
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